JESUCRISTO, NUESTRO SALVADOR Y CONSOLADOR
Cuando alguien parte de esta vida y perteneció a nuestro círculo de cariño o influencia positiva en nuestros años de existencia en esta esfera mortal en que estamos inmersos, una parte de nosotros muere también. No se trata sólo de nuestros seres queridos, nuestra familia directa, nuestros amigos más cercanos a nuestro corazón. Incluye a quienes con su accionar, con la impresión que dejaron en nuestro ser, con sus palabras, sus gestos, su servicio, su ejemplo, han marcado momentos breves o espontáneos, continuos o intermitentes; algunas veces un instante en que una mirada, una palabra, un saludo o un abrazo, marcaron una huella que el tiempo nunca pudo borrar. Tal vez sea un vecino, un feligrés de nuestra congregación, un maestro o profesor de nuestra juventud, un colega del trabajo o un artista que con su arte imprimió en nuestra alma emociones, recuerdos o momentos imperecederos. Si así fuera, en todos los casos, su partida deja un vacío que, en nuestro humilde duelo, inte...