SOBRE EL MATRIMONIO
El propósito de Dios es que tengamos gozo en la vida. El matrimonio es el camino para aprender a amar como Dios nos ama.
Pero ello se da sólo cuando buscamos amar de la manera apropiada. Pablo exhorta a los maridos así:"amad a vuestras esposas, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella".¹
Ello se logra cuando "pedi(mos) al Padre con toda la energía de vuestros corazones, que se(amos) llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo ( la caridad, el amor puro de Cristo)².
Dios espera que hagamos todo de nuestra parte para seguir Su modelo de matrimonio, pero no obliga a sufrir ni entregarse a la injusticia.
La doctrina del matrimonio, tal cual la exponen las enseñanzas de Jesús, las Escrituras y La Iglesia, escapa al plano meramente teórico y es de pertinente aplicación práctica, en tanto resulte del esfuerzo por vivir el Evangelio.
También es cierto que la realidad depende de nuestras debilidades y nuestra capacidad y voluntad de irlas superando con la ayuda del Salvador.
Lamentablemente hay ocasiones en que aún así, la relación marital resulta imposible. En esos casos no existe, de parte del Señor ni del sentido común, la disposición de eternizar una relación tóxica.
Pero ambos cónyuges deberían haber hecho todo lo posible por evitar que algo, surgido del amor, termine en sufrimiento mutuo.
Pero cuando Lehi enseña que "exist(imos)... para que ten(er) gozo"³, no se puede dejar de pensar que el matrimonio, según el modelo divino, es la vía más valiosa que Dios nos ha dado para alcanzar ese gozo, aunque existan casos en que ello se consuma sólo después de ésta vida⁴.
Así lo confirma la revelación en cuanto a alcanzar la Vida Eterna en su plenitud:
"En la gloria celestial hay tres cielos o grados;
y para alcanzar el más alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio];
y si no lo hace, no puede alcanzarlo."⁵
El convenio que hacemos al sellados con nuestro cónyuge en el Santo Templo, no sólo es con la persona con quien anhelamos pasar la eternidad. Es también con Dios, el Padre.
En ese sentido, ese convenio que hacen los cónyuges les impele a hacer cuanto puedan por santificar su matrimonio y, en ello, también cuentan con la todopoderosa ayuda del Padre, cuyo deseo es la felicidad plena y eterna de Sus hijos.
(1) Efesios 5:25
(2) Moroni 7:48
(3) 2 Nefi 2:25
(4) Al respecto, las personas que no han tenido oportunidad en su vida de encontrar con quien arrodillarse ante el sagrado altar de la Casa del Señor, cuentan con la solemne promesa de no ser olvidadas por el Señor.
Entre muchas declaraciones, citamos las siguientes:
"Nadie que permanezca fiel puede ser privado de la exaltación …" (Joseph Fielding Smith, Doctrina de Salvación, tomo II, pág. 61)
"Vosotras, las mujeres que todavía no hayáis aceptado una propuesta de matrimonio, sabed que si os preparáis y sois dignas de ir a la Casa del Señor, si tenéis fe en este sagrado principio del matrimonio celestial por toda la eternidad, aun cuando no tengáis el privilegio de casaros en esta vida, el Señor os recompensará a Su debido tiempo y no os negará ninguna bendición. No tenéis obligación alguna de aceptar una propuesta de alguien que no sea digno sólo por el temor a privaros de esas bendiciones.
...El Señor conoce los deseos de vuestro corazón, y en el momento que a El le parezca apropiado os recompensará con las oportunidades que se ofrecen mediante las ordenanzas del templo que se han instituido en la Iglesia con ese propósito."(Harold B. Lee
Ye Are the Light of the World, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1974, págs. 308-309).
"La soltería, la falta de hijos, la muerte y el divorcio frustran los ideales y posponen el cumplimiento de las bendiciones prometidas […]. [P]ero esas frustraciones son solo temporales […]; el Señor ha prometido que en la eternidad no se negará ninguna bendición a Sus hijos que obedezcan los mandamientos, sean fieles a sus convenios con Él y deseen lo correcto." (Dallin H. Oaks, El gran Plan de Salvación, Liahona enero 1994)
(5) Doctrina y Convenios 131:1-5
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