JESUCRISTO, NUESTRO SALVADOR Y CONSOLADOR

Cuando alguien parte de esta vida y perteneció a nuestro círculo de cariño o influencia positiva en nuestros años de existencia en esta esfera mortal en que estamos inmersos, una parte de nosotros muere también.

No se trata sólo de nuestros seres queridos, nuestra familia directa, nuestros amigos más cercanos a nuestro corazón. Incluye a quienes con su accionar, con la impresión que dejaron en nuestro ser, con sus palabras, sus gestos, su servicio, su ejemplo, han marcado momentos breves o espontáneos, continuos o intermitentes; algunas veces un instante en que una mirada, una palabra, un saludo o un abrazo, marcaron una huella que el tiempo nunca pudo borrar.

Tal vez sea un vecino, un feligrés de nuestra congregación, un maestro o profesor de nuestra juventud, un colega del trabajo o un artista  que con su arte imprimió en nuestra alma  emociones, recuerdos o momentos imperecederos.

Si así fuera, en todos los casos, su partida deja un vacío que, en nuestro humilde duelo, intentamos vencer esa ausencia que nos ahoga el alma.

El tiempo va construyendo nostalgias y recuerdos que cimentan nuestra resignación, extraen del alma en pena una sonrisa despertada por un dulce recuerdo de momentos vividos que nos fundieron en  quien se fue de nuestra esfera existencial.

Las lagrimas primero, el consuelo después y la nostalgia reconfortante de lo vivido, van calmando nuestra angustia, nuestra tristeza, nuestra desazón o nuestras dudas.

Pero nada ni nadie compensa ese vacío a no ser Jesucristo, nuestro Salvador.

"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá."¹

Entender el propósito de la vida no consiste en aceptar con resignación ese final aparente que trae la desaparición física.

Es entender que la vida trasciende ese final temporal, y el propósito divino consiste en encaminarnos hacia la vida eterna: la que Jesucristo nos ofrece y donde encontraremos el gozo imperecedero que siempre hemos anhelado.

Es entender que Jesucristo hizo más que vencer esa pérdida que lloramos. Con Su preeencia en nuestra vida nos llena el corazón con la esperanza que transforma la tristeza en gozo.

A la vez, nos transmite también ña certeza de que podremos  superar ese "morir en parte" que sufrimos ante las pérdidas que hoy lloramos, porque toda tristeza se convertirá en gozo mediante el poder Sanador y Redentor de Jesucristo.


(1) Juan 11:25

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