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LAS BENDICIONES DE DIOS

El Evangelio de Dios no es un contrato mercantil, donde nos comprometemos con ciertas cosas que el Señor nos pide, a cambio de recibir las bendiciones que buscamos. La Iglesia de Jesucristo no es una institución creada con espíritu de intercambio de favores, donde Dios busca asegurarse nuestra lealtad, comprando nuestra obediencia mediante bendiciones que le pedimos, bendiciones que creemos necesitar, ya sea porque legítimamente las necesitamos o por el mero hecho de querer satisfacer nuestras terrenales ambiciones. El Evangelio no pretende -a cambio de nuestra obediencia- vendernos un "banco de bendiciones" al cual recurrir como si necesitáramos un préstamo para emprender nuestra búsqueda de éxito en la vida. La escritura es clara respecto de las intenciones de Dios:  "Porque, he aquí, esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre." 1 El Evangelio, Su palabra y voluntad, Sus leyes y estatutos, Sus promesas y convenios nos so

EL TODO DEL HOMBRE

El compromiso de vencer internamente los conflictos diarios a que nos enfrentamos, nos impulsa a volver nuestros corazones a los principios básicos de la cristiandad; aquellos que -más allá de las particularidades de cada época- resultan inmutables por constituir la esencia misma de las enseñanzas de Jesús.  Como señaló Nefi: "Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados." 1 Jesucristo mismo nos exhortó a hacer carne en nosotros Sus enseñanzas, y unir nuestros esfuerzos a los Suyos para llevar a cabo Su obra y Su gloria: la inmortalidad y vida eterna del hombre. 2 En los Evangelios leemos: "Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas." 3 Seguramente la declaración más trascendental de Jesús respecto de sí mismo s

CONFIAR EN DIOS

Vivimos nuestra vida en riesgo, sumida en incertidumbre. No se trata de asumir un pesimismo nihilista*. Se trata de reconocer que, por más que nos esforcemos, no podemos asegurar que viviremos sin problemas, dolores o enfermedades, oposición interminable o acompañados siempre por el fantasma de que, en cualquier momento, por circunstancias fortuitas e inesperadas, nuestra vida terrenal puede llegar a su fin por una enfermedad terminal, un accidente, un acto de violencia o algún cataclismo natural. El riesgo de morir es inherente al acto de vivir; vivir es morir un poco cada día, pues toda vida llegará inevitablemente a su fin algún día. ¿Cuándo? ¿Cómo? Imposible saberlo. Eso significa vivir con una incertidumbre vital que nos envuelve. Muchos vivimos evitando tomar conciencia de esta circunstancia. Practicamos lo que la sabiduría popular llama "esconder la cabeza dentro de un pozo", como el avestruz. Otros, asumiendo la finitud de la vida, y sin la certeza de una resurrección