ENVEJECER

Envejecer es un proceso que nos toca a todos. Comienza con el primer sorbo de aliento al nacer y termina con la última exhalación que marca el fin de nuestra estancia terrenal.

Puede sobrevenir en cualquier momento de ese lapso que llamamos vida -terrenal, si tenemos una fe y una esperanza en Jesucristo-, por motivos tan variados que es prácticamente imposible enumerarlos.

Esa vida está limitada entre el nacimiento y la muerte física. A lo largo de ella, experimentamos toda clase de situaciones, no pudiendo jamás librarnos de esa "oposición en todas las cosas" de la que habla Lehi¹, a la par que, sin duda, gozamos también de momentos de felicidad, paz y estabilidad.

Sin embargo, el dolor, la adversidad, las enfermedades, accidentes, guerras, violencia en la sociedad, envidia y enemistades no buscadas y otra serie de injusticias nos acosan.

Algunos sufren la pérdida de su libertad a manos de tiranos, superchería religiosa, poder político, engaños y relatos o vicios que atrapan ahogando la voluntad y capacidad de acción del individuo, destruyendo su identidad.

Pero la oposición y las circunstancias que nos tocan vivir, no necesariamente conllevan la degradación de la vida ni silencian esa "libertad [interior] con la que Dios nos hizo libres"².

El élder Mathias Held ha señalado:

"Aunque por lo general no podemos elegir entre este tipo de situaciones porque simplemente suceden, aún somos libres de elegir la manera de reaccionar ante ellas. Podemos hacerlo con una actitud positiva o pesimista. Podemos buscar aprender de la experiencia y pedir la ayuda y el apoyo de nuestro Señor, o podemos pensar que estamos solos en esta prueba y que debemos sufrirla solos. Podemos 'ajustar nuestras velas' ante la nueva realidad, o podemos decidir no cambiar nada. En la oscuridad de la noche, podemos encender nuestras luces; en el frío del invierno, debemos elegir usar ropa abrigada; en épocas de enfermedad, podemos buscar ayuda médica y espiritual. Nosotros elegimos la manera de reaccionar ante esas circunstancias."³

De manera que envejecer puede verse como una inevitable oposición o una oportunidad de acercarnos con humildad a Dios y sentir el gozo de ser uno con Él y Su Hijo, quien en Getsemaní y en la Cruz, no sólo nos redimió de la muerte física y abriendo las puertas a la inmortalidad y vida eterna sino, sobrellevando nuestros dolores y enfermedades, adquirió el poder para ministrarnos en nuestras adversidades, cuslesquiera fueran.

Envejecer lleva sus ventajas. Aprendemos a través de las experiencias por las que vamos pasando. Podemos adquirir sabiduría y entender mejor el propósito del porqué estamos aquí. Podemos acrecentar nuestra cercanía con Dios, formando una unidad armoniosa por tiempo y eternidad con el ser más importante de nuestra vida -nuestro cónyuge-, formando una familia y procreando hijos y criándolos para el Señor, experimentando gozo y estados del alma que nos fortalezcan y hagan de nuestra estancia terrenal una experiencia que valga la pena estar viviendo.

También envejecer trae sus sinsabores. La pérdida indeseable de seres queridos y percibir como, con el paso del tiempo, amigos y personas -que de alguna manera nos han enriquecido con su amor o su sola existencia- nos abandonan en esta esfera temporal cuya frontera también se nos va aproximando.

Envejecer puede traer soledad. Soledad que ahoga el corazón y trae otras pruebas que ni siquiera imaginamos que nos tocaría pasar.

Envejecer nos trae la conciencia de nuestra finitud y fragilidad, puesto que cuando somos jóvenes, la vida nos parece no tener fin.

Envejecer también repercute en nuestros cuerpos, trayendo debilidades físicas, enfermedades y la compañía de dolores crónicos que desearíamos no tener.

Como señalaba el elder Held, debemos prepararnos para enfrentar las consecuencias de envejecer. Quien no lo hace se verá condenado a enfrentar "los Goliats de la vida"⁴ -sobre todo los que trae el envejecimiento- sin hondas ni la ayuda divina⁵. Esto es especialmente cierto para quienes reniegan de buscar a Dios en sus vidas o niegan la divinidad de Jesucristo.

Nuestra actitud es la clave para convivir con el envejecimiento. Tener consciencia de las limitaciones que nos trae, pero también de las oportunidades. Ajustar nuestras expectativas y  actividades físicas a las condiciones que nos toque vivir, reconociendo que no somos quienes eramos en nuestra juventud. Buscar nuevas amistades, realizar nuevas actividades acordes a nuestra condición y, sobre todo, tener proyectos de vida a futuro. Porque la creatividad y el deseo de nuevos logros es el motor de nuestra motivación para seguir viviendo y ser felices, a pesar de la oposición.

Resumiendo: toda esa actitud que se necesita para envejecer con dignidad -como se acostumbra decir- implica que debemos absorber en nuestra conciencia y nuestro corazón el sabio e inspirado consejo del presidente Nelson M. Russell: 

"¡(pensemos) de manera celestial!"⁶


(1) 2Nefi 2:11

(2) Alma 58:40

(3) Oposición en todas las cosas, Conf. Gral. abril 2024

(4) Véase "Venzamos a los Goliats de Nuestra Vida", -por el presidente Gordon B. Hinckley, Liahona febrero 2002

(5) Véase 1 Samuel 17

(6) ¡Piensen de Manera Celestial!, Conf. Gral. octubre 2023

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