¿MALDICIENDO LAS TINIEBLAS?
Cuando un intérprete de la ley preguntó a Jesús para tentarle, diciendo:"Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?", Jesús le dió en respuesta lo que resume toda la ley del Evangelio, los propósitos de Dios para con Sus hijos y el mensaje de todos los profetas, desde los tiempos de Adán hasta nuestros días.
" Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente.
Este es el primero y grande mandamiento.
"Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo."¹
El primero es prácticamente obvio, aunque se debe tener en cuenta que el pueblo israelita era el único que vivía una religión monoteísta, en el sentido de un Dios único y universal; puesto que los demás pueblos creían que cada región que habitaban tenía su propio Dios. La supervivencia del pueblo estaba condicionada por el poder relativo entre los distintos dioses y el lugar donde el individuo se encontraba en determinado instante.
Por eso Jesucristo vio la necesidad de amonestar a Su pueblo escogido respecto a la falsedad e inexistencia de aquellos otros dioses.
Pero el segundo gran mandamiento tiene múltiples facetas que vale la pena analizar.
En primer lugar difiere del primero en que el amor al prójimo está limitado por el amor que uno debe experimentar hacia sí mismo.
Obviamente, para una persona sana, mental y emocionalmente, amarse a sí mismo es imprescindible y trascendental para alcanzar la felicidad, y es esa clase de amor es la que Dios espera que sintamos por nuestro prójimo; aunque hay casos notables en que una persona sacrifica su vida por amor hacia otros congéneres, actitud sobresaliente y suprema. Pero el mínimo que Dios requiere de nosotros es que amemos al prójimo como a nosotros mismos.
Otra faceta de este segundo mandamiento es que denota que Dios no hace "acepción de personas"².
En tercer lugar, debemos descifrar la verdad que el mandamiento no expresa directamente: en el Plan Eterno de Dios no hay lugar para la ira.. ni sus diversas manifestaciones: la violencia en todas sus dimensiones, el odio, la difamación, la injuria, la mentira y la persecución, la burla y el escarnio, la crítica destructiva y el insulto, la contención y toda especie de mal engendrado por la influencia del enemigo de toda verdad.
En el Libro de Mormón, en uno de Sus sermones, Jesús enseña a la multitud que lo escucha atentamente:
"Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo, que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.
He aquí, 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘯𝘰 𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘥𝘰𝘤𝘵𝘳𝘪𝘯𝘢, 𝘢𝘨𝘪𝘵𝘢𝘳 𝘤𝘰𝘯 𝘪𝘳𝘢 𝘦𝘭 𝘤𝘰𝘳𝘢𝘻ó𝘯 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘩𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦𝘴, 𝘦𝘭 𝘶𝘯𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘦𝘭 𝘰𝘵𝘳𝘰; 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘣𝘪𝘦𝘯 𝘮𝘪 𝘥𝘰𝘤𝘵𝘳𝘪𝘯𝘢 𝘦𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘢, 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘦 𝘢𝘤𝘢𝘣𝘦𝘯 𝘵𝘢𝘭𝘦𝘴 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴."³
Basta con recorrer Internet y escuchar algunos influencers o las publicaciones de algunos seguidores de otros credos, para detectar todo el odio que destilan contra el Evangelio Restaurado que predica La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, en detrimento del tiempo y energías que podrían utilizar en exponer respetuosamente sus propios credos.
Esos comentarios no merecen respuesta.
Bien lo señaló William Lonsdale Watkinson, un ministro metodista de Inglaterra del siglo XIX:
"Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad."⁴
Nada mejor para encender una vela y hacer huir las tinieblas que apegarse a las enseñanzas de Jesús, en particular, al segundo y grande mandamiento.
(1) Mateo 22:37-39
(2) 2 Crónicas 19:7
(3) 3 Nefi 11:20-30, cursiva agregada
(4) William Lonsdale Watkinson, La Conquista Suprema y otros sermones predicados en América (1907), págs. 217-218.
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