ENFRENTANDO DOLORES Y PRUEBAS
Ciertos dolores, traumas y pruebas -ya sean presentes o del pasado- pueden perturbar, desde las sombras de nuestro interior, el alma, la visión del propósito de nuestra existencia y nuestro presente. Pueden ser altamente tóxicos y terminar amenazando nuestra felicidad.
Algunos entienden que sumergiéndose en uno mismo no para revivir dolores pasados, sino para que mediante una luz interior uno se autoexamine y así, tomando conciencia de esos problemas que quedaron sin resolver, alcance a vencer sus aflicciones. En ocasiones por un impulso propio obtenido de la intuición; otras veces, recurriendo a libros de autoayuda -aunque no pocas veces de pobre efectividad- y, finalmente, mediante intervención profesional.
Aun así, hay dolores y traumas que no alcanzamos a vencer por nuestro propio esfuerzo ni por ayuda humana, dada nuestra condición natural de adolecer de flaquezas y debilidades que parecen escapar a nuestro control.
Por ello, en el Libro de Éter Jesucristo afirma: "Doy a los hombres debilidad para que sean humildes; y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos¹.
Así que, entonces, uno debe asirse al poder divino. Mediante la Expiación de Cristo, es posible alcanzar la victoria en las batallas que vamos librando a lo largo de nuestra vida. En esas circunstancias, no es dable esperar vencer sin ayuda de lo Alto.
Es por eso que el apóstol Pablo destaca:
"Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro."²
Porque del propio Jesucristo escrito está también:
"Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y las enfermedades de su pueblo.
Y tomará sobre sí la muerte, para soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo; y sus debilidades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne sepa cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos."³
Ciertamente, "en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos".⁴
Lógicamente, "es por la gracia [de Jesucristo] por la que nos salvamos [de lo que nos toque enfrentar], después de hacer cuanto podamos".⁵
Por eso Pablo también testificó: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece"⁶.
El élder David A. Bednar enseñó:
"[Jesucristo] puede extender la mano, tocarnos, socorrernos, literalmente correr hacia nosotros, y fortalecernos para que seamos más de lo que jamás podríamos ser, y para ayudarnos a hacer lo que nunca podríamos lograr si dependiéramos únicamente de nuestro propio poder"⁷.
Hace más de 2000 años, Jesucristo expió nuestros pecados a condición de nuestro arrepentimiento sincero, nos abrió las puertas a la inmortalidad y nos dió la esperanza de alcanzar la Vida Eterna.
Hoy Jesucristo nos sigue ministrando para que mediante nuestra fe en Él y nuestra humildad, podamos recibir de Su gracia -o poder habilitador, como lo llama el élder Bednar⁸- y vencer toda oposición confiando en Su amor, Su poder, Su tiempo y Su manera de ayudarnos.
Por tanto, digamos en nuestro corazón como Nefi: "no pondré mi confianza en el brazo de la carne...sí, clamaré a ti [Jesucristo], mi Dios, roca de mi rectitud...Amén"⁹.
(1) Éter 12:27
(2) Hebreos 4:15-16
(3) Alma 7:11-12
(4) Hechos 4:12
(5) 2 Nefi 25:23
(6) Filipenses 4:13
(7) "Fortaleza que va más allá de la nuestra", Conf. Gral. marzo 2015
(8) Ver mensaje del numeral anterior
(9) 2 Nefi 4:34-35
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