¿QUÉ BUSCA EL HOMBRE EN SU VIDA?

Si uno se preguntara qué busca el hombre en su vida, ¿cuál sería la respuesta?
¿Habría una única respuesta? ¿Todos los seres humanos buscan lo mismo? ¿Buscan siempre lo mismo durante el transcurso de su vida, o van cambiando el objeto de su búsqueda a medida que envejecen y adquieren experiencia?
¿Existe alguna preferencia por determinado logro o la naturaleza de esa búsqueda está dispersa entre una infinitud de deseos?
Para algunos la búsqueda será en pos de las riquezas. Otros buscaran fama, poder, dominio, lujuria o alargar su tiempo en la tierra lo más posible.
Unos escogerán por temor, otros tal vez por afán de placer. Habrá quienes busquen la paz, o los muevan sentimientos de altruísmo mediante el servicio desinteresado al prójimo.
Unos buscarán la soledad; otros perderse en el rebaño de las multitudes por miedo a la libertad, como afirmaba Erich Fromm.
Existirán quienes ni siquiera sepan qué buscar, pues vivir será para ellos sumergirse en la protección de una rutina que les evitará el trabajo de enfrentar las incertidumbres de la vida.
Unos se inclinarán por una vida contemplativa, quizás para admirar las bellezas de la naturaleza, o para sondear en su interior las respuestas que les susurre el silencio de su propia compañia.
Todas y cada una de las almas que hayan existido, existan o existirán hasta los tiempos más pretéritos tendrán, sin embargo, algo en común: "estarán convencidos de que en el objeto de sus desvelos residirá la fuente de su felicidad".
Porque -parece ser- que la búsqueda de la felicidad es el norte de la vida humana.
Aunque así haya sido desde el inicio, y por simple que ello parezca, el problema reside en que no existe un consenso respecto a la esencia y naturaleza de esa felicidad que los hombres anhelan poseer en perpetuidad.
Porque la existencia del hombre le parece, a sus ojos, tan finita como su poder para actuar.
El hombre es débil por naturaleza, aún cuando se rodee de las armas más mortíferas que pudieran imaginarse; aun cuando acumule todos los tesoros de la tierra y pueda poseer todo cuanto desee; aun cuando, ante su mirada, tiemblen sus congéneres, y su sola presencia imponga miedo y terror. Ayn seguirá siendo débil.
Porque el hombre es mortal. Porque el hombre librado a su propio albedrío, aun en su soberbia más irritante, no deja de ser ignorante del verdadero propósito de su existencia, salvo que Dios se lo descubra.
Su principal falta consiste en aferrarse a su envoltorio material, y ser incapaz de reconocerse más allá de los límites de su cuerpo natural. En sentirse impedido de reconocer que dentro de ese cuerpo, reside un espíritu inmortal. Un espíritu inmortal que lo hace trascendente, y lo libera de las ataduras de su aparente finitud.
La muerte hace al hombre finito. El autopercibir su esencia espiritual lo inmortaliza.
Si alcanzar la felicidad es la salvación del hombre, también es cierto que "es imposible que el hombre se salve en la ignorancia"1.
Si es cierto que -como testifican las Escrituras- "existen los hombres para que tengan gozo"2, ¿cómo han de alcanzar ese gozo en su debilidad, en la ignorancia?
Jesús testificó:"Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres?"3
¿Libres de qué? De la ignorancia, precisamente.
Por ello, tal vez, antes que la felicidad, los hombres debamos vivir en la búsqueda incesante de la verdad.
Hoy, tristemente, la verdad no parece tener la "popularidad" de la que supo disfrutar en épocas pasadas. Parecen importar más las riquezas, la fama, el poder y los placeres desenfrenados.
Y así está el mundo.
La paz ha sido quitada de la tierra, el amor al prójimo se está enfriando, se oyen de guerras y rumores de guerras, y toda la tierra está en conmoción.4
La esperanza sólo vendrá de conocer la verdad y volverse a Dios y a su Hijo Jesucristo con "todo [el] corazón, y con toda [el] alma y con toda [la] mente".5
(1) Doctrina y Convenios 131:6
(2) 2 Nefi 2:25
(3) Juan 8:32
(4) Véase Doctrina y Convenios 45:26-33
(5) Mateo 22:37 

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