CÓMO ENFRENTAR NUESTRAS CRISIS

He sido miembro de la Iglesia por más de 50 años. 

A lo largo de ese tiempo he sido testigo de calumnias, persecuciones ideológicas o doctrinales y sentimientos negativos hacia los miembros de nuestra Iglesia. He visto personas que, a semejanza de Pablo antes de su conversión, difamaban a la Iglesia creyendo que le hacían un favor a Dios.

Pero lo que más me asombra es cuando miembros firmes se apartan de la Iglesia hablando  y escribiendo contra ella. He visto en las redes ex-miembros hablando mal de José Smith, del Evangelio Restaurado y así sucesivamente. 

Hace algunos días atrás, en Instagram, una ex-misionera -así se identificó- hacía un stand-up contando chistes que ridiculizaban la labor misional.

He intercambiado comentarios por redes con miembros que han dejado la Iglesia afirmando que les basta con seguir la espiritualidad de Jesucristo y no necesitan más.

Todas estos y otros hechos, me han llevado a preguntarme porqué se debilitan testimonios, decae la fe, se pierde la "liahona" propia y se termina transitando caminos que alejan de la experiencia espiritual de seguir el sendero de los convenios, como nos lo exhortó el presidente Russell M. Nelson.

Escribo estas líneas advirtiendo que no es mi intención juzgar a nadie, discriminar ni menos culpar o denostar. Lo que voy a escribir son reflexiones que surgen de mi experiencia cotidiana como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Tampoco es mi intención ponerme de ejemplo en lo absoluto. Mi intención sí es el compartir sentimientos y conceptos que tal vez puedan ayudar a quienes se encuentren alejados de la Iglesia o en situaciones que puedan llevarlos a debilitar o perder su fe en ella.

En muchos casos que he conocido, la causa alegada para alejarse de la Iglesia ha sido sentirse ofendido por algún miembro o autoridad local de la unidad, por lo que se dijo en algún mensaje durante la reunión sacramental o una clase.

En otras ocasiones, es la conducta o lo que omite hacer otro miembro lo que se considera motivo suficiente para ofenderse y dejar de ir a la Iglesia o abandonar su hermandad.

¿Acaso no sabemos que nadie es perfecto? Que sólo Jesucristo, como ser mortal, lo fue durante su Ministerio Terrenal. Por algo puso su nombre junto al de los Santos de los Últimos Días al nombrar Su Iglesia, pues ella es perfecta por quien la dirige desde los cielos, pero alberga la debilidad de nosotros sus miembros.

¿Por qué culpar a Dios de nuestras flaquezas, y dar la espalda al Evangelio ante cualquier dificultad en nuestra relación con algún hermano o hermana de la Iglesia?

En otros casos, navegando por Internet, algunos de nosotros encontramos "información" que supuestamente pone en duda la veracidad de la Restauración, del Libro de Mormón, o denuncia algún episodio poco claro en la historia de la Iglesia. Son páginas de Internet muy bien diseñados para envolver en el engaño y la duda a quien las visita.

¿Acaso no es el Espíritu Santo quien da testimonio? ¿No es quien nos guía, nos inspira y nos muestra el camino? ¿Es mejor creer en lo que afirman quienes se apartaron del Señor o nunca tuvieron el don de sentirlo cerca?

En ocasiones la duda se produce por falta de revelación en cuanto a cierta interrogantes de la vida. Dios no ha revelado todas Sus verdades. Pretende que caminemos en la vida por la fe, que no es otra cosa que confiar en Él y en Sus tiempos aunque no tengamos todas las respuestas, todo el conocimiento.

Están también las pruebas que enfrentamos. Todos las tenemos, pues existe oposición en todas las cosas, como enseñó Lehi. He conocido muchos miembros que han soportado dolores, enfermedades y pérdidas inimaginables. Unos se han mantenido aferrados a la barra de hierro a pesar de esas circunstancias. Otros no.

No es fácil. Es hasta compresible, en muchos casos sentirse como abandonados, sin fuerzas para resistir. Pero -una vez más- la confianza en Dios puede fortalecerse al punto de llegar a tener la certeza de que nunca nos dejará pasar por pruebas que no podamos resistir. Ésa es Su promesa.

Sean cualesquieran que sean las circunstancias que llevan a quien una vez tuvo la oportunidad de "caminar por la senda de los convenios" a abandonar esa senda, lo cierto es que da mucha tristeza que así acontezca.

Pensemos un poco: "¿Qué causa que una persona se convierta al Evangelio Restaurado? ¿Qué le permite alcanzar un testimonio del llamamiento profético de José Smith, de la veracidad del Libro de Mormón, de los convenios que hace con el Padre en las aguas bautismales o en la Casa del Señor? ¿A persistir en la senda de los convenios?

La respuesta es sencilla: el testimonio que da el Espíritu Santo.

No es la simpatía y sociabilidad con los demás miembros la que funda nuestro testimonio. No es el verse librado de las adversidades de la vida. No es el carisma de las Autoridades Generales ni el ministerio de las autoridades locales. Ni siquiera el contenido de las Escrituras si simplementeclas usamos para acrecentar nuestro conocimiento.

¡Es el testimonio del Espíritu Santo!

Es el "hab(er) obrado de acuerdo con los mandamientos del Padre y del Hijo; y hab(er) recibido el Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y del Hijo, para que se cumpla la promesa hecha por [el Señor], que [se lo recibiría] si [se entrase] en la senda"¹.

Mantener el ministerio del Espíritu Santo sobre nosotros a lo largo de nuestra vida implica -como condición necesaria- participar hasta donde nos sea posible y en forma semanal, de los Sacramentos, y renovar nuestros convenios, "para que siempre [se pueda] tener [el] Espíritu [Santo] consigo"².

Ésta es la clave. La respuesta para enfrentar toda duda, todo malentendido, toda tentación de apartarse del camino, toda prueba por más difícil que resulte, todo sentimiento negativo respecto de la Iglesia y del Evangelio Restaurado.

Por eso vale repetir una vez más la admonición del Presidente Nelson:

"En los días futuros, no será posible sobrevivir espiritualmente sin la influencia guiadora, orientadora, consoladora y constante del Espíritu Santo."³

En resumen, en cualquier situación de crisis emocional o espiritual, ante cualquier duda, desafiando cualquier prueba, necesitamos seguir asistiendo a la Iglesia y participando de la Santa Cena, para mantener nuestro lazo de unión con Dios y vencer sobre las situaciones que pongan en riesgo nuestro testimonio.


(1) 2 Nefi 31:18

(2) Doctrinas y Convenios 20: 77-78

(3) "Revelación para la Iglesia, revelación para nuestras vidas",

Conf. Gral. abril 201

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