VERDADES TRASCENTALES, VERDADES REVELADAS

Para progresar, necesitamos crecer en la verdad, expandir el horizonte de nuestro conocimiento. 

Hay quienes confunden el progreso personal con la acumulación de riquezas. Acostumbran a medir su progreso en función del incremento de su cuenta bancaria, las propiedades que  poseen, etc. Eventualmente, también por el grado de poder que se poseen en el mundo, poder generalmente asociado al nivel económico y financiero que se ostentan.

Pero como enseñó Jesús, "la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee"¹.

De ninguna manera debemos pensar que alcanzar la autosuficiencia y asegurar el bienestar temporal es asunto que no merezca atención y dedicación esforzada. 

Indudablemente, los fundamentos de una vida donde se tenga lo suficiente para atender las necesidades propias  -salud, alimentación, vivienda decorosa, educación para una vida autosustentable, etc.- pasan por oportunidades adecuadas, por esfuerzo personal, por justicia social y oportunidades para que cada quien pueda desarrollarse de acuerdo a sus talentos y empeño en progresar, porque "el obrero es digno de su salario"².

Pero limitar el concepto de  progreso a estas esferas de acción es quedarse corto. Es concebir la existencia limitada al breve lapso que transcurre entre el nacimiento y la muerte. Es ignorar la trascendentalidad de nuestra esencia.

El progreso debe tener proyección eterna. A la par de las preocupaciones terrenales, debemos ocuparnos también de nuestra eternidad.

Porque "esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; sí, el día de esta vida es el día en que el hombre debe ejecutar su obra".³

Puesto que "cualquier principio de inteligencia que logremos en esta vida se levantará con nosotros en la resurrección; y si en esta vida una persona adquiere más conocimiento e inteligencia que otra, por medio de su diligencia y obediencia, hasta ese grado le llevará la ventaja en el mundo venidero"⁴.

Ignorar el carácter trascendental de nuestra esencia es vivir en la ignorancia de nuestro futuro. Por más progreso material y social que se pueda haber alcanzado en la mortalidad, ello es inconducente. 

Sólo el conocimiento adquirido respecto de nuestro destino eterno fortalece verdaderamente nuestra capacidad cognitiva, desarrolla nuestro progreso sin fin, y abre nuestra mente y corazón a nuevas aristas de la verdad que, en sí misma, es infinita.

Tal vez las preguntas más importante de la vida empiecen por un "por qué vivimos" y un "qué propósito tiene la vida", antes que un "qué debo hacer para prosperar en poder y riquezas".

Tratándose del poder y las riquezas, más bien la pregunta debiera ser "qué hacer con ellas" para progresar. El consejo del Señor es simple:

"Pero antes de buscar riquezas, buscad el reino de Dios.

Y después de haber logrado una esperanza en Cristo obtendréis riquezas, si las buscáis; y las buscaréis con el fin de hacer bien: para vestir al desnudo, alimentar al hambriento, libertar al cautivo y suministrar auxilio al enfermo y al afligido."⁵

Respecto de nuestra esencia espiritual y nuestro progreso eterno,  las respuestas que llevan a la verdad sólo pueden ser manifestadas viniendo de la Divinidad misma.

Esas respuestas -aunque inaceptables para algunos- son de una certeza y naturaleza que jamás nos encerrarán dentro de límites que impidan nuestro progreso.

El conocimiento así adquirido  nos motivará a seguir viviendo en armonía con las porciones de verdad alcanzadas, permitiendo expandirlas al tiempo que nuestra esfera de acción hará lo propio, dotándonos de una visión trascendental que asegurará nuestra felicidad más allá de toda oposición que debamos enfrentar en el curso de nuestros días.


(1) Lucas 12:15

(2) Lucas 10:7

(3) Alma 34:32

(4) Doctrina y Convenios 130:18-19

(5) Jacob 2:18-19


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