LOS QUE ESPERAN EN CRISTO

En medio del caos en que está sumido nuestro mundo, donde pareciera que los dolores y las fatalidades de toda la Historia se han conglomerado en los pocos años que el siglo XXI lleva entre nosotros, podríamos preguntarnos:

¿Cómo puedo resistir a todo esto?

¿Cómo puedo sobrellevar los peligros que nos acechan, la incertidumbre que envuelve el futuro de la humanidad?

¿Cómo puedo consolar mi alma ante el drama de un mundo que se pierde en la violencia, en la inmoralidad, en el odio sin fin que desata guerras y rumores de guerras, y en las injusticias que provocan tanta miseria por todos lados?

Aunque la luz del bien destella un poco allí, y otro poco allá, y por doquier se oyen deseos de procurar el bienestar universal y la sanación de los males que nos acongojan, pareciera que las tinieblas nos rodean como

densas y oscuras nubes que presagian, desde un cercano horizonte, la inminente llegada de una terrible tormenta.

Estamos rodeados de tantos "relatos" que tratan de vendernos la solución a todos los problemas del mundo, al tiempo que reclaman lealtades y compromisos variopintos, que resolver por nosotros mismos qué opción abrazar, pareciera imposible de acordar.

Lo que nos traen las noticias de los medios de comunicación es desalentador. Pareciera presagiar que la paz de la tierra, esa paz que ha resultado siempre tan esquiva, está pronta para ser desarraigada definitivamente.

Dice la parábola: "Miráis y observáis la higuera, y la veis con vuestros ojos; y cuando empieza a retoñar y sus hojas todavía están tiernas, decís que el verano ya está próximo;

así será en aquel día cuando vean todas estas cosas, entonces sabrán que la hora está cerca."1

Y también leemos:

"Y en ese día se oirá de guerras y rumores de guerras, y toda la tierra estará en conmoción, y desmayará el corazón de los hombres ...

Y el amor de los hombres se enfriará, y abundará la iniquidad."2

Por tanto, ¿a dónde hemos de recurrir? ¿Cómo encontraremos la senda que nos lleve a la paz y felicidad tan anheladas?

¿En quién hemos de esperar?

La respuesta a estas angustiantes interrogantes siempre ha estado a mano, aunque muchas veces, la ceguera que traen las vanidades del mundo y el orgullo nos ha impedido saber dónde encontrarla.

"¿No has sabido? ¿No has oído que el Dios eterno, Jehová, el cual creó los confines de la tierra, no desfallece ni se fatiga? Su entendimiento es inescrutable.

Él da fuerzas al cansado y multiplica las fuerzas del que no tiene vigor.

Los muchachos se fatigan y se cansan; los jóvenes ciertamente caen;

pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán las alas como águilas; correrán y no se cansarán; caminarán y no se fatigarán."3

Aquí está la respuesta: "ESPERAR EN JESUCRISTO". Acercarse a Él cuando nos exhorta con su paciente y dulce llamado: "Ven, sígueme".

Desde luego que los incrédulos y los ateos, y quienes buscan en la vida su propia gloria, inmersos en un egoísmo mutilador, negarán la eficacia de esta respuesta, la ridiculizarán e incluso muchos procurarán combatirla.

Pero nosotros, quienes esperamos en el Salvador, damos testimonio que no sólo con Su sacrificio Expiatorio venció la muerte y abrió las puertas a la esperanza de una resurrección gloriosa, sino que también "tom(ó) sobre sí [nuestros] dolores y [nuestras] enfermedades", de manera que "s(abe) cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las debilidades de ellos".4

Razón le cabe al Pte. M. Russell Ballard al afirmar:

“Mientras escucho y leo las noticias, me digo a mí mismo, ‘Si tan solo aceptaran al Salvador, si permitieran que Jesucristo fuera parte de sus vidas, la mayor parte de toda esta maldad desaparecería’”.

(1) Doctrina y Convenios 45:38-38

(2) Doctrina y Convenios 45:26-27

(3) Isaías 40:28-31

(4) Alma 7:11,12

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