LOS GUANTES DEL AMOR

 Hubo un tiempo en que cada año, durante una de las conferencias semianuales de estaca de nuestra ciudad, recibíamos la visita de Autoridades Generales y, en ocasiones, de un miembro del Quórum de los Doce. Fue así como tuve la oportunidad de escuchar desde el púlpito de nuestro centro de estaca a Autoridades de la talla de los élderes Bruce R. McConkie, Howard Hunter y Marvin J. Ashton. Con el avance de la obra, dichas visitas se fueron espaciando en el tiempo. Aunque eran oportunidades extraordinarias de crecimiento espiritual, la alegría de constatar el progreso de la Iglesia ha sobrepujado ampliamente la ausencia de ocasiones tan memorables como aquéllas. Ciertamente el avance de la tecnología nos ha permitido participar, en otras formas no menos emocionantes, de conferencias generales y eventos especiales, los cuales nos era imposible siquiera imaginar que algún día veríamos en directo vía satélite o a través del monitor de una computadora.

 

Recuerdo una conferencia de estaca en particular en que nos visitó el Élder Marvin J. Ashton. Vino acompañado de su esposa, la cual también tuvo oportunidad de dirigirnos la palabra. Fue el mensaje de ella el que mejor quedó grabado en mi memoria y supongo que en la de muchos de los que estuvieron presentes en aquella ocasión.

 

En su discurso, la hermana Ashton relató cómo fue testigo con su esposo de un accidente en que un automóvil atropelló a un perro del vecindario. El pobre animal sobrevivió al accidente, pero se llevó un fuerte golpe en su cadera. Asustado y dolorido, corrió hasta el jardín de los hermanos y buscó cobijo en un recoveco entre las plantas y los árboles. Allí comenzó un lastimero y sostenido aullido quejándose de su malestar. El corazón de los esposos Ashton se conmovió ante el sufrimiento del animal y, sin pensarlo dos veces, el hermano corrió a socorrerlo. No bien se le aproximó, intentando sacarlo de su refugio, el can trató de morderle, haciendo infructuoso todo esfuerzo por ayudarle.

 

Para quienes aman los animales y reconocen su naturaleza inocente, el lamento de un perro herido llega a ser desgarrador. Sin embargo, a pesar de su afán por brindarle auxilio, el hermano Ashton se sintió impotente y sin saber qué hacer. Fue en ese momento que su esposa se acercó y alcanzándole unos gruesos guantes de jardinero, le dijo: “Ponte éstos. Si intenta morderte no te lastimará”.

 

En ese punto de su mensaje la hermana Ashton hizo una pausa. Al retomar su discurso nos brindó una de las lecciones más espléndidas sobre el amor que haya yo escuchado desde entonces. Más o menos éstas fueron sus palabras:

 

“Muchas veces suele acontecer que encontramos, en nuestro camino por la vida, personas que están sufriendo, que están apremiantemente necesitadas de ayuda. Deseamos ayudarlas, pero por variadas razones, tal vez por su ignorancia, tal vez por su dolor, no sólo rehúsan aceptar nuestra ayuda, sino que también se muestran duras de corazón y hasta violentas en su actitud. En cierto sentido semejan al animal accidentado que mi esposo trató de socorrer.

 

“Es entonces que debemos procurar unos guantes. No de cuero como los que facilité a mi marido aquel día, sino lo que yo llamo los guantes del amor. Al usarlos evitaremos que sus reacciones nos lastimen y podremos acercarnos a ellos sin temor a que nos hieran.”

 

Aquella inspirada observación de la hermana Ashton encierra el secreto de cómo amar sin excepciones. El propio Salvador nos amonestó diciendo:

 

“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?, pues también los pecadores aman a los que los aman...

“Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?, porque también los pecadores hacen lo mismo.

“Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien ... no esperando de ello nada; y vuestro galardón será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es benigno para con los ingratos y los malos.”1

 

Sabemos que se nos ha mandado “amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos”2. No es inapropiado sostener que, por lo general, nos resulta fácil amar a un buen número de personas que integran nuestro entorno familiar, nuestro círculo de amigos y a quienes admiramos por su calidad humana o por el servicio que nos hayan prestado alguna vez. Pero puede no resultar lo mismo cuando se trata de personas que no corresponden a nuestro amor o, peor aún, albergan hacia nosotros sentimientos muy alejados de esa noble virtud.

 

En cierta ocasión, un miembro de la Iglesia manifestó en una reunión de testimonios que, aunque sabía que debía amar a todos, aún no lograba hacerlo. Afirmó también que debía orientar parte de su progreso personal hacia el aprender a amar más de lo que amaba. Alguien ha dicho que “el amor es cualidad del amante, no del amado”. Como tal, es un aspecto de nuestro carácter que necesariamente debemos desarrollar; y si aún necesita de perfeccionamiento, forma parte de la lista de cualidades que, para muchos de nosotros, es menester mejorar.

 

El mensaje de la hermana Ashton apuntaba a saber protegernos adecuadamente cuando debemos manifestar amor hacia quienes, por su naturaleza poco afectuosa, nos resulte dificultoso amar. Puede que nos disgusten sus costumbres o su escala de valores; puede que nos resulte difícil aceptar su rechazo hacia el Evangelio Restaurado, hacia nuestras ideas políticas o sociales; puede que encontremos que su lenguaje, su forma de vestir o aún su comportamiento nos resulten equivocados a la luz de nuestras creencias. Lo cierto es que ninguna de esas razones debería ser una barrera para amarlos ni debería impulsarnos a alimentar prejuicios que nos distancien del ejemplo del Salvador, quien comía y bebía con publicanos y fariseos3, y trataba con samaritanos4. Si a alguno encontraba en error, tenía bien presente que “los que están sanos no necesitan médico, sino los que están enfermos”5.

¿Cómo se logra tal protección de la que hablaba la hermana Ashton en su discurso? ¿Cómo se aprende a amar sin hacer acepción de personas? ¿Cómo es posible “ama(r) a (n)uestros enemigos, bendeci(r) a los que (n)os maldicen, hace(r) bien a los que (n)os aborrecen, y ora(r) por los que (n)os ultrajan y (n)os persiguen”6?

 

Para algunos resulta fácil hacerlo pues, en su naturaleza espiritual, han alcanzado a ser perfectos en ello7. Pero para quienes aún luchamos por mejorar nuestra capacidad de amar incondicionalmente, las palabras de Mormón nos exhortan a que “(pidamos) al Padre con toda la energía de (n)uestros corazones, que se(amos) llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que llegu(emos) a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él”8.

 

Cuando el Salvador enseñó acerca de amar aún a nuestros enemigos, señaló el camino que nos conduciría a vivir ese mandamiento:

” Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”9.

La misericordia se define como un espíritu de compasión hacia quienes sufren penalidades o desgracias; un espíritu de ternura y perdón hacia quienes, estando en el error, no toman consciencia de ello o no son capaces de superarlo. Estar errados con respecto a la justicia y las verdades reveladas, abrazar el pecado o simplemente vivir en la ignorancia son penalidades y desgracias de consecuencias eternas. La misericordia abre las puertas a la sanación del espíritu y perfecciona el amor que late en el corazón de quien la ejerce, aun cuando ese latido sea débil y, en ocasiones, imperceptible. Sólo si somos misericordiosos, alcanzaremos misericordia para nosotros10 y llegaremos a comprender el alcance del amor que Dios derrama sobre Sus hijos.

 

Uno de los requisitos para ser misericordioso es haber aprendido a juzgar adecuadamente. En el Sermón del Monte Jesucristo enseñó a sus discípulos que dijeran a la gente: “No juzguéis injustamente, para que no seáis juzgados: sino juzgad con justo juicio”11.

 

Hace algunos años tuve oportunidad de escuchar a un hermano testificar cómo había alcanzado a vencer sus prejuicios acerca de aquellas personas que consideraba en el error y cómo, a través de esa experiencia, había logrado la paz que necesitaba para convivir en un mundo convulsionado.

 

“Un día acerté a pasar al lado de una persona caída en el suelo. No me alarmé pues le conocía y sabía que estaba ebria, al punto de haber caído en el profundo sueño que un avanzado estado etílico produce. De hecho, estaba acostumbrado a verlo en ese estado, particularmente el día que cobraba su sueldo. Vivíamos en un pueblo pequeño y todo el mundo se conocía entre sí.

 

“Aquel hombre no era una mala persona y si algo malo podía achacársele, era todo el daño que causaba a su familia y a sí mismo con su adicción al alcohol. De todas formas, cuando le veía ese estado lo evitaba, pues pensaba que nadie podía ayudarlo. El hecho es que su conducta —debo admitirlo— me causaba repulsión.

 

“Así aconteció hasta un día en que aprendí una importante lección que cambió mi vida para siempre a ese respecto. Volviendo a pasar a su lado en una de esas situaciones de ebriedad, volví a censurar en mi mente al hombre, cuando el Espíritu susurró a mi corazón: '¿Has pensado dónde estaría ese hombre si hubiera nacido en tu cuna; y dónde estarías tú si hubieses nacido en la de él?'

 

“De pronto comprendí que eran tantas y tan ignotas para mí, las circunstancias que rodeaban la vida de ese hombre que me sería imposible determinar si el peso de su lamentable situación podía caer sobre sus hombros o resultaba de una combinación de trágicas condicionantes que sólo Dios podía sopesar a la hora de juzgar.

 

“Pensé también en lo afortunado que fui por 'nacer de buenos padres' que me habían enseñado los graves perjuicios del alcohol y habían inculcado en mí, desde niño, el apego por valores que aquel desdichado tal vez nunca había conocido. Medité también acerca de quién hubiera llegado a ser yo si me hubiera tocado nacer en su lugar y me pregunté si tal vez no me hubiera ido peor aún.

 

“Aquel día comprendí que sólo Dios puede ver en el corazón de un hombre y juzgarle con juicio perfectamente justo.”

 

Si bien se nos dice que podemos “juzgar con justo juicio” debemos proceder con mucha cautela a la hora de juzgar, y hacerlo sólo cuando tengamos la certeza de que las Escrituras, los profetas y el propio Espíritu avalan nuestro juicio.

 

Otro de los requisitos para ser misericordioso consiste en saber perdonar.

 

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial.

“Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”12

“Por tanto, os digo que debéis perdonaros los unos a los otros; pues el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado.

“Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres.”13

 

Los guantes del amor están tejidos con los hilos de la misericordia. Sus costuras se mantienen unidas por el ejercicio diario del perdón, a pesar de las injusticias que nos toque sobrellevar, sabiendo que bienaventurados son quienes por causa de Jesús y Su evangelio son vituperados y perseguidos, y en su contra se dicen toda clase de males, mintiendo14. Su resistencia y protección vienen garantidos por Su palabra y por el testimonio del Espíritu Santo. Son de una comodidad inefable pues están forrados del Amor divino y su uso provee “amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza”15. A todos se les ofrece la oportunidad de tener un par. En cada uno está el cuidarlos y acostumbrarse a usarlos.

 

1) Lucas 6:33-34,36

2) Véase Mateo 22:39

3) Lucas 5:29-30

4) Juan 4:9, véase también Hechos 10:28

5) Lucas 5:31

6) Mateo 5:44

7) Mateo 5:48

8) Moroni 7:48

9) Lucas 6:36 (cursiva agregada)

10) Véase Mateo 5:7

11) TJS Mateo 7:1–2

12) Mateo 6:14-15

13) Doctrina y Convenios 64:9-10

14) Véase Mateo 5:11

15) Véase Gálatas 5:22

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